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IMPORTANCIA DE LA VIDA AFECTIVA EN LAS MOTIVACIONES

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IMPORTANCIA DE LA VIDA AFECTIVA EN LAS MOTIVACIONES

Mensaje  Clyo el Dom Jun 22, 2008 11:25 pm

Importancia de los sentimientos y emociones en la conducta

Esta importancia reside, principalmente, en las siguientes razones:
1ª Por su carácter primario, permanente e irracional.
2ª Por su gran contenido energético.
3ª Por ser grandes factores dinamizantes de la conducta.
4ª Por su constante influencia sobre la salud y sobre la mente.
5ª Por ejercer su acción, en gran parte, desde el plano inconsciente.
6ª Por estar necesariamente asociados a los valores del Yo y también, por consiguiente, a todos los valores que para este Yo existen en el mundo.

Carácter primario, permanente e irracional de los sentimientos

El niño pasa a sentir de sí mismo lo que los demás han mostrado hacia él. Se denomina mecanismo de introyección y es el proceso inverso de otro fenómeno muy frecuente durante toda la vida, el fenómeno de proyección, por lo cual uno atribuye a algo exterior una cualidad o un valor puramente interior.

El mundo de las sensaciones, emociones y experiencias infantiles, por el hecho de ser uno de nuestros primeros mecanismos psíquicos constituirá la base de nuestro ulterior edificio psicológico. Posteriormente aparecerá nuestra facultad razonadora, reflexiva, crítica, etc., pero no olvidemos que antes todos nosotros hemos estado viviendo varios años dominados totalmente por este mundo psíquico compuesto de sensaciones, emociones y sentimientos, y este mundo psíquico permanece activo en nosotros durante toda la vida, detrás de nuestra actividad más o menos inteligente y reflexiva. Por esta razón, en el mismo momento en que dejamos de estar plenamente despiertos, activamente conscientes, atentos, tiende automáticamente a imperar de nuevo el psiquismo mágico e irracional de las sensaciones, emociones, deseos y temores, produciendo desviaciones tendenciosas en nuestros procesos mentales y la disminución más o menos acusada de su objetividad.

Los momentos en los que no estamos del todo despiertos durante el día son mucho más frecuentes de lo que creemos. Por el momento, bástenos evocar el espectáculo que se nos presenta a la vista cuando cogemos el metro o el autobús: vemos a una absoluta mayoría de los pasajeros que parecen estar bajo los efectos de la hipnosis, con una expresión de ausencia total a pesar de estar despiertos, expresión que tampoco corresponde a la actitud de la persona que deliberadamente, esto es, de un modo consciente y activo, está absorta pensando en algo determinado. Dan la completa impresión de estar soñando. Por la calle, igual: vemos a muchas personas que van por ella como medio sonámbulas. Pues bien, en estos momentos, lo que rige en tales personas es el mundo psíquico infantil, caracterizado por la falta total de sentido crítico, como veremos en breve al estudiar el inconsciente, y susceptibles de ser fuertemente influidas en su conducta no por razones, sino por cualquier estímulo sensorial que despierte asociaciones de tipo instintivo o emocional.

Las sensaciones, emociones y sentimientos van haciendo su aparición progresivamente desde los primeros meses y años de vida y preceden en mucho a la aparición de la capacidad crítica y razonadora. En nuestro edificio psíquico cuanto más primitiva es una estructura, mayor fuerza tiene, más consistencia, de tal modo que en los momentos de crisis o peligro van cediendo en primer lugar las estructuras más recientemente adquiridas, más nuevas, una por una, y permanecen las más antiguas o primitivas. Por lo tanto, el mundo afectivo que está, por una de sus vertientes, firmemente insertado en el nivel instintivo-vital, tiene, en este sentido, más importancia en la dinámica de la personalidad, y, por consiguiente, también en la motivación general de la conducta, que otras estructuras cualitativamente superiores, tales como la mente concreta, la mente intuitiva, el nivel estético, etc.

Otra consecuencia de esta prioridad de lo afectivo es lo antinatural que resulta querer producir modificaciones en la conducta o en el modo de ser de una persona, a base tan sólo de razones y de disciplina, sin tener en cuenta los problemas profundos que tal persona puede tener en dicho nivel afectivo-emocional.

Las fuerzas emocionales, como realidades dinámicas que son, están en constante actividad y tienden a querer expresarse constantemente hacia el exterior. La mente consciente no quiere que se manifiesten, y ni siquiera desea saber nada de ellas por estar ocupada de continuo con otras cosas. La mente, pues, está pensando en sus cosas y no se da cuenta de nada más. Cuanto más despierta está la mente mejor controla sus mecanismos defensivos y selecciona con mayor rapidez aquellos contenidos de su interior que considera buenos o útiles en cada momento. El sujeto tiene entonces la impresión de que las emociones no le perturban, no le molestan, no se interfieren en su actividad consciente, no existen. Y, no obstante, apenas baja la guardia, apenas se descuida un poco, se encuentra divagando, imaginando las cosas más absurdas. La imaginación es el lenguaje plástico del sentimiento. La afectividad ha estado, pues, en todo momento detrás de sus procesos intelectuales, pugnando por salir y expresarse.

Los sentimientos y las emociones tienen la característica de buscar directamente su satisfacción y de hacernos ver como si las cosas tuvieran verdaderamente el valor y el sentido que sólo existe en los mismos sentimientos. Esto significa que, con toda seguridad, nuestros conflictos emocionales tenderán a conducirnos a situaciones y objetivos que se apartarán o hasta estarán en contradicción con nuestros objetivos conscientes y racionales. E indica también que, de no estar muy alertas o de no solucionar de modo real los problemas importantes que puedan existir en nuestro interior, nos sentiremos impulsados a ver y valorar de un modo tendencioso, desproporcionado e injusto a las personas, ideas o cosas que despierten dentro de nosotros, por asociación, resonancias afectivas.


El valor energético de los sentimientos y emociones

Los sentimientos y las emociones, conjuntamente con los impulsos del nivel instintivo, constituyen la fuente de, prácticamente, toda la energía de nuestra personalidad elemental.

Normalmente, y aunque nos parezca extraño, nosotros conocemos tan sólo una mínima porción de estas energías, ya que, en su mayor parte, permanecen ocultas en nuestro plano inconsciente, bloqueadas por el mecanismo conocido con el nombre de represión. Lo que en realidad hemos reprimido son multitud de impulsos instintivos, sentimientos y reacciones emotivas, pero, al hacerlo, ha quedado reprimida a la vez la energía inherente a ellos. Y esto tiene una importancia enorme para el funcionamiento de la personalidad, porque equivale exactamente a una mutilación. De ahí la gran utilidad de recuperar la mayor parte posible de este patrimonio energético que nos pertenece. A esto precisamente se ha dedicado la moderna psicología, iniciada en su día por Freud.


La afectividad como factor dinamizante de la conducta


Como hemos ya indicado antes, la afectividad, en general, es de naturaleza esencialmente dinámica, es expansiva, comunicativa, irradiante, y moviliza a la persona hacia lo que desea.

En toda acción puede apreciarse que la mente da la idea, fija el objetivo y señala el camino, pero la energía dinámica que impulsa a la acción procede siempre o del nivel instintivo -impulsos, necesidades, deseos-, o del nivel afectivo -sentimientos, emociones-. Las personas entusiastas, con gran afectividad, son personas de gran capacidad de acción. En cambio los apáticos, los indiferentes, son incapaces de desenvolverse por existir un bloqueo intenso de sus sentimientos y emociones.

Influencia de las emociones sobre la salud y sobre la mente

Prácticamente toda la Medicina psicosomática descansa sobre la constatación de la constante influencia que los estados emocionales ejercen sobre el funcionamiento del organismo físico. Para tener una ligera idea de esta acción sobre el cuerpo, basta recordar que cada emoción, aunque sea débil, provoca una respuesta fisiológica general, pero especialmente, en los siguientes órganos y sistemas: sistema nervioso, musculatura lisa y estriada, corazón y vasos, aparato respiratorio, y sistema endocrino. Y, si bien las emociones placenteras tienen un efecto sano y estimulante sobre dichos aparatos, las emociones negativas, sobre todo cuando persisten durante tiempo -por ejemplo la llamada tensión nerviosa o estrés-, tienen unas consecuencias desastrosas para la salud.
Para tener una idea de conjunto sobre la influencia de las emociones en la salud y en la mente, se reproduce el siguiente cuadro esquemático:

ACCIÓN DE LAS EMOCIONES SOBRE EL CUERPO:

Si son emociones positivas:
Estimulan la vitalidad en general. Por lo tanto:
a) Aumenta la energía y la rapidez de todos los procesos vitales.
b) Aumentan las defensas orgánicas contra los agentes patógenos.
c) Estimula la actividad física como placer.

Si son emociones negativas:
1. Emociones excitantes: ira, odio, impaciencia, vehemencia, etc.:
a) Producen desequilibrios en todos los mecanismos reguladores del organismo, causando especialmente, trastornos digestivos, nerviosos y circulatorios.
b) Predisponen a los traumatismos.
c) Producen a continuación emociones y estados anímicos deprimentes.

2. Emociones deprimentes: tristeza, inseguridad, temor, tedio, etc.:
Disminuyen la vitalidad en general. Por lo tanto:
a) Hacen descender la energía vital y lentifican todos los procesos vitales.
b) Disminuyen las defensas orgánicas.
c) Dificultan toda actividad física.

ACCIÓN DE LAS EMOCIONES SOBRE LA MENTE:

Si son emociones positivas:
a) Aumentan la productividad mental.
b) Facilitan la visión del aspecto positivo de todas las cosas.
c) Amplían y aclaran la perspectiva mental.
d) Favorecen la iniciativa y las ideas creadoras.
e) Estimulan la expansión intelectual y el contacto social.
f) Facilitan la comprensión humana.

Sin son emociones negativas:
1. Excitantes:
a) Desequilibran la perspectiva.
b) Provocan juicios y decisiones extremistas.
c) Inestabilidad mental.
d) Aumentan el espíritu de polémica y la agresividad.
e) Producen a continuación estados emocionales y mentales de tipo deprimente.

2. Deprimentes:
a) Disminuyen la productividad mental.
b) Inducen ideas negativas; anulan toda iniciativa.
c) Limitan y obscurecen de manera progresiva la perspectiva mental.
d) Producen un aislamiento personal completamente estéril.


Influencia de las emociones desde el plano inconsciente

El hecho de que gran parte de las fuerzas emocionales actúen desde el inconsciente hace que su acción pase normalmente desapercibida por todo aquel que no esté especialmente entrenado en registrar estas manifestaciones a medida que van surgiendo. Y así, las manifestaciones a que den lugar estas influencias, tanto en el estado de ánimo como en la conducta, se intentarán justificar automáticamente con razones artificiales e improvisadas, con el consiguiente aumento de confusión en la mente.

El que existan en nosotros factores que influencian nuestra conducta sin que los conozcamos, nos sitúa en condiciones de inferioridad, ya que nos obliga a tener que controlar algo que no sabemos qué es. Se parece a la situación de uno que tuviera que vigilar a otro, pero sin poderlo ver. Esta es una de las razones que justifican sobradamente el estudio de lo que la psicología puede decirnos acerca de este misterioso inconsciente.

Asociación de los sentimientos a los valores del Yo

El Yo vive identificado con una serie de valores que, como es natural, considera como las cosas más importantes de la vida. Estos valores pueden consistir en la verdad contenida en determinadas ideas, en llegar a conseguir ciertas situaciones, en vivir determinados estados interiores, en desarrollar al máximo algunas facultades, etc., etc. Sean cuales sean estos valores particulares del Yo, el hecho es que tiende hacia ellos con toda la fuerza de que es capaz, es decir, está afectivamente ligado a ellos. Estos sentimientos pasarán a ser factores predominantes en su conducta, en sus actitudes, en toda su vida. El hecho mismo de evocar estos valores personales o de conseguir acercarse un poco más a su realización, despierta en la persona fuertes sentimientos de satisfacción, de felicidad, que se convierten a su vez en nuevos factores determinantes de actitudes y conducta.

Lo mismo podemos decir respecto a las cosas del mundo que considera más valiosas. Por el mismo hecho de su valoración, queda afectivamente ligado a ellas y esta ligazón afectiva pasa a ser un factor constante y de mucha importancia, ya que en función del mismo valorará otras cosas, seleccionará, rechazará, decidirá, etc.

Hemos visto a través de las explicaciones sencillas de este capítulo, como al margen de la importancia que pueda tener nuestra mente y la formación intelectual, el nivel afectivo tiene un papel preponderante en los condicionamientos y motivaciones de la conducta, incluso en muchos de los casos que aparentemente están basados en el factor racional.

Por lo tanto, la higiene y la educación de la vida afectiva son requisitos esenciales para mejorar el rendimiento de la mente y de toda la conducta en general. La higiene se refiere a la limpieza y saneamiento de la multitud de sentimientos y emociones contradictorios que normalmente se han acumulado en nuestro interior durante nuestra vida. La educación afectiva se refiere principalmente a dos cosas: a una progresiva actitud más abierta, generosa y profunda, producto de una maduración afectiva de la personalidad, y a una mayor elevación del tono de los sentimientos, resultado de una sincera vida espiritual.


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Re: IMPORTANCIA DE LA VIDA AFECTIVA EN LAS MOTIVACIONES

Mensaje  Clyo el Dom Jun 22, 2008 11:44 pm

Sentimientos, emociones y estados de ánimo

No siempre resulta fácil en la práctica, distinguir el sentimiento de la emoción.

El sentimiento es la relación afectiva -de atracción o de rechazo- que se establece entre lo potencial en el sujeto -todo cuanto está pugnando por desarrollarse en su interior- y las cualidades, según las aprecia la persona, en determinadas personas, cosas, instituciones, ideas, etc.
Si el objeto concreto -persona, idea, situación, etc. - encarna la realización afectiva de lo que el sujeto está necesitando desarrollar, el sentimiento será positivo, de atracción, de adhesión, de aceptación, de afirmación, de amor, de unión.
Pero si el objeto concreto representa, en cambio, a los ojos del sujeto, la negación o lo contrario de lo que tiende a desarrollar, entonces la relación afectiva o sentimiento será de tipo negativo: repulsión, rechazo, separación, negación, odio, destrucción.

Admiro a la persona inteligente o a la persona que ha triunfado porque en ellas aprecio de un modo afectivo algunas de las cualidades que me están presionando interiormente. Venero a un sabio, a un santo, y adoro a Dios porque en un grado u otro en ellos intuyo la presencia real de lo que estoy anhelando y me empuja por dentro con mayor fuerza: la conciencia de plenitud, la paz, el discernimiento, la potencia del ser.

Rechazo, en cambio, al egoísta, al orgulloso, al primitivo, porque además de no ofrecerme, según el criterio superficial, apoyo alguno para la afirmación de mis cualidades en desarrollo, representan la negación de lo que necesito conseguir, y personifican además, los defectos que estoy rechazando en mí mismo y que trato de superar.

Estas valoraciones y estos juicios, no obstante, no se hacen siempre de un modo consciente y deliberado, sino que tienen lugar la mayoría de las veces, en los sectores inconsciente o intuitivo de nuestra mente.

El sentimiento, pues, tiene su raíz en nuestra naturaleza profunda. Responde siempre a una necesidad básica. Cuando los sentimientos pertenecen a nuestros niveles más elementales les solemos llamar apetitos, deseos. Cuando pertenecen a niveles más superiores los denominamos propiamente sentimientos o aspiraciones.

No todos los sentimientos se refieren o se proyectan a realidades exteriores. En el ser humano también se forma a muy temprana edad, una imagen y una idea de sí mismo; y esta representación de sí mismo o Yo-idea viene a constituir en la persona corriente el objeto de una gran cantidad de sentimientos. Estos son los que se llaman los sentimientos del Yo, aunque mejor sería llamarlos sentimientos hacia el Yo. El sentimiento central hacia el Yo lo constituye la autoestimación. Cuando este sentimiento está distorsionado -como ocurre casi universalmente debido a la deformación básica que sufre la idea del Yo da lugar a las diversas formas de sobreestimación: orgullo, egoísmo, soberbia, egolatría, vanidad; defectos que, desgraciadamente, «siempre que no sean excesivos» han pasado a considerarse ya como un elemento normal y corriente del carácter humano.

La emoción
es una reacción de ajuste del nivel afectivo, esto es, del sentimiento del individuo, ante todo hecho -interno y externo - según afecte a su proyectada actualización.
También aquí, las emociones serán positivas o negativas, según que el hecho que se presenta a mi conciencia signifique una confirmación, una ayuda para lo que tiendo a actualizar, o por el contrario signifique una negación o un obstáculo para dicha actualización. El proceso de comparación y juicio que regula tanto el sentimiento como la emoción, tiene lugar con mucha frecuencia en un plano inconsciente, de modo que la persona sólo percibe la resonancia afectiva final, sin poder establecer en estos casos una relación entre la resonancia que experimenta y su verdadera causa.
La emoción, pues, aunque en ocasiones puede ser muy intensa, tiene casi siempre un carácter episódico y pasajero, como suelen tenerlo la mayor parte de hechos que incesantemente están configurando nuestra existencia.
La emoción, si bien normalmente es de corta duración, representa una descarga a menudo muy intensa de energía. Por esto, en la economía energética de la persona, un verdadero control -no una sistemática represión- de las emociones es sumamente importante.

En la vida diaria, la deliberada inhibición de toda emoción o sentimiento negativo es tan necesaria como la consciente y serena apertura a todas las emociones y sentimientos positivos que los hechos del humano existir nos están proponiendo de continuo
.
En cuanto al problema de las personas que presentan habitualmente una excesiva emotividad, digamos tan sólo que esto puede tener su origen en una de estas tres causas:
- una debilidad orgánica que afecta al buen funcionamiento del sistema nervioso;
- un nivel afectivo por naturaleza desarrollado, faltando el equivalente desarrollo del nivel mental -no nos referimos aquí al grado de inteligencia, que es el aspecto cualitativo de la mente, sino al predominio del factor energético o aspecto cuantitativo-;
- un inconsciente muy cargado de emociones reprimidas del pasado y que hipersensibilizan a la persona ante los hechos de la vida diaria y disminuyen su capacidad normal de control y ajuste.

Aparte de los sentimientos y emociones que hemos mencionado, hay que citar también otros fenómenos afectivos importantes. Nos referimos a los estados de ánimo o estados afectivos. Los sentimientos y emociones tienen siempre un carácter dinámico, activo. Los estados de ánimo, en cambio, tienen un carácter más estático y no dependen siempre de las circunstancias exteriores, aunque siempre conservan una estrecha relación sea con el estado fisiológico, sea con los sentimientos y las emociones predominantes en un momento dado, y matizan el tono de nuestra conducta tanto interna como externa.


Afectividad y niveles personales

Resulta prácticamente imposible el hacer una clasificación precisa o una enumeración completa de todas las modalidades afectivas. Nosotros aquí nos contentaremos concitar tan sólo algunos de los sentimientos, emociones y estados de ánimo más sencillos y evidentes, al único efecto de que sirvan de ilustración ato que sobre los mismo hemos dicho más arriba.

Relacionados con el cuerpo y el nivel instintivo:

a) sentimientos: tendencia afectiva hacia la satisfacción de las necesidades básicas biológicas: placer, actividad, descanso, libertad, unión sexual, etc., y hacia el sentirse a sí mismo fuerte, sano, seguro y capaz de desenvolverse bien físicamente en las situaciones que se puedan presentar.
b) emociones: placer, dolor, repugnancia, asco, avidez, temor, susto, etc.
c) estados de ánimo: euforia, bienestar, tranquilidad, placidez y sus contrarios.

Pertenecientes propiamente al nivel afectivo:

a) sentimientos hacia los demás:
-de aceptación:
hacia los iguales: amistad, amor.
hacia los superiores: admiración, reverencia, respeto, veneración, humildad.
hacia los inferiores: benevolencia.

-de rechazo:
hacia los iguales: odio, hostilidad, enemistad.
hacia los superiores: recelo, miedo, suspicacia, cobardía, rencor.
hacia los inferiores: menosprecio.


sentimientos hacia sí mismo: autoestimación, dignidad; orgullo, vanidad, soberbia, ambición; inferioridad, culpabilidad, desprecio de sí mismo.

b) emociones hacia los demás:

-de aceptación:
hacia los iguales: simpatía, afabilidad, cordialidad.
hacia los superiores: devoción, asombro, gratitud.
hacia los inferiores: compasión, ternura, lástima.

-de rechazo:
hacia los iguales: ira, cólera, agresividad.
hacia los superiores: rabia, humillación, terror, insolencia.
hacia los inferiores: desdén, desprecio, crueldad.
hacia sí mismo: autocompasión, engreimiento, vergüenza, remordimiento.

c) estados de ánimo: jovialidad, depresión, optimismo, tranquilidad, agitación.

Relacionados con el nivel mental concreto:

a) sentimientos: curiosidad, interés.
b) emociones: asombro, expectación, contrariedad.
c) estados de ánimo: convencimiento, incertidumbre, perplejidad.

Relacionados con los niveles superiores o trascendentes:

a) sentimientos: metafísicos, artísticos, morales (deber, justicia, el bien) y religiosos.
b) emociones: admiración, aspiración.
c) estados de ánimo: angustia, serenidad, contemplación.

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Re: IMPORTANCIA DE LA VIDA AFECTIVA EN LAS MOTIVACIONES

Mensaje  Clyo el Dom Jun 22, 2008 11:48 pm

Las experiencias profundas

De entre las innumerables experiencias que hemos ido acumulando a través de los años, hay algunas que destacan de todas las demás por el hecho de haberse vivido uno a sí mismo en ellas de un modo más profundo, sin que se sepa exactamente por qué se han vivido así. Parece como si en determinados momentos de nuestra vida se abriera una nueva capacidad de percepción que permite una resonancia interior mucho más profunda de ciertas experiencias. Esta mayor profundidad de las experiencias no puede atribuirse precisamente al hecho de que sean siempre situaciones muy importantes, dramáticas o alegres, ya que a menudo se refieren a hechos baladíes, sin ninguna importancia especial por sí mismos. Por ejemplo, una señorita nos explicaba que cuando tenía unos siete años mientras estaba un día en la fuente donde muy a menudo iba a buscar agua, sintió de repente algo más profundo dentro de sí misma, mientras se repetía con cierto asombro «pero si soy yo, yo, que estoy ahora aquí en la fuente llenando el cántaro de agua», y esto lo había recordado siempre como uno de los momentos solemnes de su vida. Precisamente estos momentos son los que se recuerdan mejor porque quedan grabados de forma más acentuada. Uno se siente más a sí mismo que en las otras experiencias y tiende a apoyarse en ello, ya que la persona lo registra como lo más importante, lo más real, por sentirse a sí misma con más realidad, con más profundidad y con más fuerza que en ningún otro momento.
El hecho importante reside no sólo en que el sujeto se siente vivir más a sí mismo que en otros momentos, sino en que esta vivencia profunda quede estrechamente asociada a la situación concreta que en aquel momento se está desarrollando. Si por ejemplo, está mirando un desfile militar y en el momento en que están pasando los soldados, y suena la música, se da cuenta con una mayor realidad de que es él quien está mirando, tiene una vivencia profunda de sí mismo y esta vivencia queda grabada en él conjuntamente con la música, el desfile, el gentío, el aire libre, etc., es decir, con toda la situación.
Resultado de todo esto: esta vivencia profunda tendrá para dicha persona más importancia que las demás experiencias, tenderá a vivir aquello preferentemente, tendrá tendencia a buscar la misma cosa con el fin de sentir de nuevo lo mismo, nacerá en ella una afición a los desfiles o a todo lo que sean manifestaciones al aire libre, fiestas populares, de música, etc., es decir, algo que de un modo u otro le evoque aquella situación para ver si siente lo mismo o algo similar. Quedará sujeta a aquella clase de situaciones concretas sin darse cuenta exactamente del por qué, de un modo automático, inconsciente, ya que las personas raramente se dan cuenta con detalle de sus propios procesos psíquicos, y es probable que de la primera experiencia la, persona sólo recuerde que aquel desfile «le llamó mucho la atención», «le gustó de un modo muy especial», etc., y solamente si se esfuerza de modo deliberado en recordar con precisión, conseguirá aislar el momento de la vivencia profunda.
Esto está muy bien, pero lo trágico del caso es que, por ex-o traño que parezca, si una persona tiene experiencias profundas de sí misma en momentos en que ocurren cosas desagradables, quedará tan sujeta a ellas como en el caso de experiencias positivas. Si, por ejemplo, un muchacho tiene esta conciencia más profunda de sí mismo en el momento en que su padre le está riñendo, esta vivencia de realidad quedará estrechamente asociada a la situación de violencia, y el muchacho, sin darse cuenta exactamente de la razón, se sentirá obligado posteriormente a provocar situaciones semejantes una y otra vez, con el objeto de vivenciar otra vez aquel estado profundo de sí mismo, que es lo más importante, a pesar de que las situaciones que se sienta impulsado a provocar sean desagradables. La fuerza de la experiencia profunda es mucho más fuerte que lo desagradable del miedo o de la vergüenza y atraerá inconscientemente al muchacho a repetir situaciones culpables para que tengan que reñirle, de modo que, aunque lo pase mal en la superficie, vivirá una experiencia profundamente positiva. El mal precisamente reside en esto: en que asocia una situación negativa, que puede ser una conducta antisocial e incluso pequeños actos delictivos, con algo realmente positivo. El individuo «positiviza» rasgos negativos y actitudes o situaciones que después muy probablemente le causarán definidos perjuicios. Conocemos el caso de un industrial que de niño, tuvo frecuentes experiencias profundas en los momentos que esperaba que su padre descubriera su última «fechoría» y empezaran las amenazas y castigos. Hoy día, a pesar de ser una persona sumamente práctica e inteligente y de ver las cosas con claridad, se encuentra constantemente en situaciones apuradas por pasar los límites prudenciales en sus operaciones, debido a esta compulsión inconsciente que en los momentos en que no controla con sus cinco sentidos todas sus reacciones le hace comprometerse imprudentemente en sus transacciones.
Mientras la persona está en una actitud perfectamente despierta y atenta reacciona de acuerdo con lo que la experiencia y el sentido común aconsejan, pero en el momento en que su atención, su actitud vigilante disminuye, entonces surgen sin pensarlo reacciones aparentemente absurdas que a veces llegan a esterilizar un largo período de trabajo laborioso. La persona se encuentra que algo dentro de ella va contra sus deseos y esfuerzos conscientes y, como es natural, no tiene la menor idea de lo que se trata, puesto que son tendencias totalmente por debajo del umbral de la conciencia habitual. Se explican así los casos de personas que repetidamente se han esforzado en conseguir determinado cargo o posición y que en el preciso momento en que estaban a punto de conseguirlo ocurre algo dentro de ellos -una enfermedad, un brusco cambio de opinión, una inexplicable angustia, etc. - que les obliga a abandonar la partida. Esta es la explicación de la mayor parte de conductas contradictorias, debido a las cuales, muchas personas van de fracaso en fracaso o no llegan nunca a alcanzar la posición que realmente les corresponde por sus cualidades positivas.
Uno se encontrará con que no puede tener amigos porque al cabo de un tiempo le traicionan; otro, a quien los superiores al principio siempre le alaban para acabar después rechazándolo; a otra persona le ocurrirá que las figuras femeninas que han intervenido en su vida han querido dominarle, etc. Son hechos que se repiten a lo largo de la vida de cada uno, como si fueran notas dominantes de la propia historia. Si una persona ha vivido intensamente situaciones de fracaso, inconscientemente se sentirá compulsada a provocar un nuevo fracaso en su vida aunque conscientemente se esté esforzando en triunfar. Si en el momento de, una fuerte discusión alguien se ha sentido a sí mismo con más fuerza y realidad, tendrá una tendencia automática a provocar discusiones sin el menor motivo, etc.
Cada persona busca imperiosamente la vivencia profunda de sí mismo y para ello tiende a reproducir las situaciones concretas que para ella tienen más significación, más importancia. ¿Por qué van tantas personas al cine a ver películas «de miedo», a pesar de que el miedo es algo bien desagradable? Se sienten fuertemente inclinadas a asistir a tal espectáculo, porque un día, viviendo una situación de miedo, sintieron una resonancia de sí mismas más profunda, y por este motivo, el miedo ha adquirido un carácter evocador de algo profundamente positivo, a pesar de ser por sí mismo, negativo. Las personas que van a ver las películas de miedo no buscan directamente el miedo, sino lo que hay detrás de él: la conciencia del yo que tiene miedo. Lo mismo ocurre con las películas sentimentales, los dramas, etcétera.
Las experiencias que llevan asociadas una resonancia profunda pero que son positivas no llaman tanto la atención. Se considera,; por ejemplo, la afición deportiva -nos referimos al verdadero placer por el ejercicio personal de un deporte- tan normal que no parece requerir otras explicaciones. Quizás el mismo sujeto afirmará que practica el deporte porque es bueno para la salud, porque le permite mantenerse en forma, etc., cuando el verdadero motivo, en el caso del auténtico aficionado, es que al practicar aquella actividad física, en un momento dado, sintió algo más profundo de sí mismo y este algo es precisamente lo que le ha hecho valorar el ejercicio.

Cómo identificar los condicionamientos de estas experiencias

Se comprende de inmediato el interés que tiene para toda persona que desee comprenderse un poco más a sí misma al objeto de aprovechar mejor sus capacidades, discernir claramente cuáles son los condicionamientos que están funcionando en su interior afectando, en conjunto, a su vida. Sólo mediante este conocimiento podrá separar los condicionamientos positivos de los negativos para utilizar más conscientemente los primeros y contrarrestar o disolver los segundos.
Una de las maneras de poder identificar estas experiencias profundas es la siguiente:
1.° Se traza un resumen autobiográfico en el que se han de anotar con rigurosa objetividad los hechos principales que han sucedido desde los 14 ó 15 años hasta la época actual, divididos en grupos de 5 años. Hay que limitarse a la simple exposición de los hechos, sin querer juzgar, interpretar o valorar nada.
2.° Se escriben después los recuerdos que se conservan de la infancia. Especialmente los que se refieren a los primeros años, conviene anotarlos con todo detalle aunque sean escenas sueltas y sin sentido. Aquí es necesario que se anoten los estados subjetivos correspondientes a las experiencias recordadas.
3.° A la vista de cada uno de los recuerdos de la infancia se repasa la primera lista y con toda seguridad se encontrarán varios hechos de la vida de adulto que se repiten en varios grupos y que vienen a ser como un duplicado de cada experiencia infantil, especialmente en su aspecto subjetivo: estado de ánimo, sensaciones, afectos, etc. La simple comparación de los hechos, de infancia y de adulto, hecha con calma e interés, hará resaltar inmediatamente una serie de situaciones que se han repetido una y otra vez conservando siempre el mismo fondo.
4.° Hay que tener en cuenta si en determinada época de la vida se han tenido experiencias de un orden completamente nuevo y profundo, que hayan producido cambios fundamentales en la propia vida, porque entonces habrá una serie de hechos posteriores que tendrán por base estas experiencias y no las de la infancia. Es frecuente que estas nuevas experiencias ocurran a los 16-17 años o a los 26-28, pero eventualmente pueden también presentarse en cualquier edad.
Si queremos resumir y completar cuanto llevamos dicho sobre el tema de las experiencias, añadiremos lo siguiente:
Toda nuestra vida psíquica está constituida por una serie ininterrumpida de experiencias.
Cada experiencia viene a ser un aprendizaje que condiciona nuestras futuras respuestas, ya que tendemos en general a reaccionar del mismo modo ante situaciones semejantes por ahorro de energía y de esfuerzo.
A través de las experiencias vamos edificando nuestro psiquismo, tanto en lo que se refiere al conocimiento de nosotros mismos y al de lo exterior, como en las actitudes y conducta, ya que en cada experiencia están contenidos los siguientes elementos:

a) un modo de vivenciarse a sí mismo, esto es, un modo de sentirse y conocerse;
b) un modo de percibir y valorar lo exterior, el no-yo, el mundo, y
c) un modo de reacción, actitud, relación, contacto.

Las experiencias pueden ser positivas o negativas. Las positivas son aquellas que tienden a afirmar los valores reales del individuo y del ambiente, y a promover su expresión; la resonancia subjetiva de estas experiencias siempre es agradable. Las experiencias negativas, por el contrario, son las que tienden a negar la realidad de aquellos valores o a dificultar su expresión.
Todos los estados negativos que siente una persona -miedo, ansiedad, depresión, desconfianza, apatía, etc. - si no son debidos a causas orgánicas, o a una causa exterior bien definida, son resultado de las experiencias negativas acumuladas.
Las experiencias negativas acumuladas son, igualmente, las que impiden que una persona pueda expresar libremente toda su capacidad de acción, que pueda vivir con el máximo rendimiento en todas las esferas de la vida.
Las experiencias se clasifican, además, por su profundidad, su antigüedad (experiencia primaria), su frecuencia y su intensidad.
La importancia del factor intensidad depende de la cantidad de energía que moviliza la experiencia; a mayor cantidad de energía, mayor descarga emocional. Pero si al mismo tiempo la experiencia no es profunda o primaria (o no se reprime), una vez pasado el momento más o menos dramático del hecho, no deja huella duradera, apenas deja residuos que afecten a la conducta ulterior. La experiencia profunda es la que acerca más al hombre al fondo de sí mismo, es la que le permite vivirse con más realidad, con más autenticidad, de un modo más inmediato, verdadero y total.
La experiencia profunda puede tenerse en cualquier momento y situación. Pero una vez experimentada, el momento y la situación adquieren por asociación una gran importancia.
Las situaciones concretas asociadas a las experiencias profundas son las que marcan el armazón de nuestra vida psíquica personal, las que determinan concretamente nuestros gustos y aversiones dominantes. Si la tendencia temperamental, por ejemplo, era de actividad física, ahora es posible que se concrete al ejercicio de la natación o del tenis, etc.
Todas las experiencias tienden a desaparecer de la mente consciente, se olvidan, pero su efecto condicionante permanece siempre activo desde el plano inconsciente.
Puede existir dentro de una misma persona un condicionamiento negativo hacia el fracaso, la violencia o la pasividad y, a la vez, la persona puede desear y luchar conscientemente por el triunfo, la armonía o la actividad, sin sospechar que en su interior está deseando otra cosa. Cuando se entabla una lucha de esta clase, en el último momento suele ganar el inconsciente, ya que la lucha desde la sombra tiene a su disposición mucha más energía y su acción es constante.
Todo esto son mecanismos normales y todos los poseemos. Sólo que las personas realmente eficientes llegan a serlo porque consiguen que las tendencias básicas del inconsciente se armonicen con y trabajen a favor de los objetivos conscientes.

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Re: IMPORTANCIA DE LA VIDA AFECTIVA EN LAS MOTIVACIONES

Mensaje  Clyo el Lun Jun 23, 2008 12:01 am

Cómo se pueden neutralizar o modificar los condicionamientos negativos

Las experiencias acumuladas constituyen una serie irreversible de condicionamientos, por cuya razón, parece a primera vista imposible modificar su resultante, sea ésta buena o mala. Y, no obstante, mucho es lo que se puede hacer para contrarrestar la fuerza de las experiencias negativas y hasta para deshacer en gran parte su fuerza compulsiva.
Los procedimientos o técnicas que persiguen esta finalidad pueden agruparse en dos grandes secciones:

I. Técnicas de acción rápida, aunque superficial. Consisten básicamente en una educación especial de la actitud con la finalidad de reforzar la mente consciente y poder así contrarrestar con más eficacia las tendencias disolventes del interior.
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Las más importantes de esta clase son las siguientes:

1. Cultivar deliberadamente la repetición de experiencias positivas:
a) en general durante todo el día, mejorando la propia actitud;
b) de un modo particular, mediante la práctica de sesiones especiales de adiestramiento.
2. Aumentar la capacidad de control para que no salgan las tendencias negativas.

II. Técnicas de acción profunda, mucho más lentas y laboriosas, cuyo objetivo consiste en producir una desidentificación, una desarticulación y finalmente una reestructuración de las imágenes o cuadros mentales retenidos fuertemente en el inconsciente por su asociación a las vivencias profundas. Si bien su ejecución presenta más dificultades que las anteriores por el tiempo, el esfuerzo y la dedicación que requieren, sus efectos son, en cambio, definitivos y totales, puesto que transforman integralmente la personalidad. Sus formas más importantes son las siguientes:
1. El análisis sistemático de las manifestaciones a que dan lugar las tendencias negativas hasta llegar paulatinamente a la situación original causante del conflicto. Esta es la técnica del psicoanálisis.
2. La práctica inteligente y perseverante de determinadas disciplinas al margen de los condicionamientos negativos, que conducen de un modo preciso a la vivenciación de nuevas experiencias profundas y positivas. Desde el momento en que se obtiene una vivencia profunda de un modo estable, todas las situaciones, actitudes, y demás hechos del pasado que se mantenían fuertemente retenidos en el inconsciente pierden automáticamente toda su fuerza e importancia. Al existir la actualización de otra vivencia en el mismo nivel de profundidad o en otro mayor, aquellos hechos dejan de tener importancia, se descargan y se desprenden por sí mismos de la mente inconsciente. Entonces la persona cambia su sistema de valores y, por lo mismo, su estilo de vida, su conducta, sin esfuerzo alguno, ya que no tiene que vencer resistencias.
Es conocido el caso de ciertas personas que como consecuencia de experiencias muy dramáticas -peligro inminente y sostenido de perder la vida, graves desastres familiares, etc. - se han sentido a sí mismas totalmente cambiadas, perdiendo todo interés por cosas que antes les entusiasmaban y manifestando en cambio nuevos gustos y aptitudes. La situación dramática les ha hecho tomar conciencia de los planos profundos del nivel instintivo o afectivo, y esto ha cambiado su perspectiva y su valoración de todo cuanto era más superficial.
En las técnicas de que aquí hablamos ocurre algo parecido en los resultados, si bien, en su producción no existe, como es natural, el carácter adverso y dramático de los ejemplos citados. Son técnicas de esta clase: la auténtica vida espiritual, las varias formas de los yogas de la India y la técnica Zen del Japón.


Cómo cultivar a voluntad las experiencias positivas

Si la confianza que tenemos en nosotros mismo y nuestra capacidad de acción son el resultado de las experiencias acumuladas, significa que introduciendo en nuestro psiquismo nuevas experiencias positivas, aumentará el coeficiente de nuestra seguridad y nuestro dinamismo.
Recordemos que lo único que nos impide vivir activamente de acuerdo con todas nuestras capacidades reales, es la suma de los condicionamientos negativos o experiencias limitativas acumuladas en nuestra vida y que no han sido conscientemente contrarrestados mediante suficientes experiencias de signo positivo.
En conjunto, mi seguridad aumentará en la medida en que acumule experiencias afirmativas de mí mismo, esto es, en la medida en que pueda tomar conciencia de mis contenidos reales y positivos y en la medida en que los exprese.
¿De qué depende, pues, que una experiencia sea positiva?
Una experiencia es positiva cuando contiene, por lo menos, uno de los elementos siguientes:
1. Una toma de conciencia, aun parcial, de lo que soy positiva y realmente: energía, inteligencia, voluntad, iniciativa, empuje, etcétera.
2. La verificación de que algo exterior a mí -personas, cosas, situaciones, acontecimientos, etc.- está a favor mío, me protege, me asegura, me reafirma.
3. Una actitud hacia el mundo afirmativa-expansiva, armónica, placentera, entusiasta, decidida, despierta, alegre, enérgica, inteligente, etc.
El primer elemento puede desarrollarse activamente mediante la práctica de ciertos ejercicios especiales físicos y mentales, y mediante la ejercitación deliberada de la actitud positiva.
El segundo factor puede actualizarse de varias maneras: mediante la evocación concreta y objetiva de todo cuanto en este momento está a nuestro favor, en todos los órdenes de cosas; o mediante la selección del ambiente que nos es favorable; o mediante un adecuado cambio de política en las relaciones personales, que produzca una propiciación de los demás hacia nosotros, es decir, mejorando la actitud.
El tercer elemento, la actitud positiva, es el más próximo a nuestra acción diaria y es también el más susceptible de ser cultivado inmediatamente. Empezaremos, pues, con la descripción del modo de desarrollar este elemento, que nos servirá también de base para el desarrollo de los otros dos.


El desarrollo de la actitud positiva


En la vida corriente nuestros estados interiores y nuestra actitud dependen o bien del estado de ánimo al que fortuitamente estamos sometidos en aquel momento, o bien de la naturaleza del estímulo exterior: de que las cosas nos marchen bien o mal, de una entrevista afortunada, etc. Nuestra actitud es, por lo menos en gran parte, resultado de nuestro estado de ánimo, y éste, a su vez, en la mayor parte de las personas, es resultado de las circunstancias internas y externas. En todo caso, vivimos el estado de ánimo de un modo pasivo, nos lo encontramos hecho; no somos nosotros quienes tenemos un estado y adoptamos una actitud, sino que son el estado de ánimo y la actitud los que nos tienen a nosotros, nos dominan y determinan en gran parte nuestra conducta.
Esto ocurre así porque vivimos excesivamente apoyados en el mundo exterior, dependemos mentalmente con exceso de lo que nos rodea, y cuando nos alejamos un poco del exterior, caemos en un estado mental pasivo, desde el que sufrimos los vaivenes emocionales procedentes del inconsciente. No se nos ha adiestrado suficientemente a manejar de un modo consciente y deliberado nuestros estados mentales. La sociedad se preocupa mucho más del buen condicionamiento social de los individuos, esto es, de que se comporten en el exterior de un modo útil y conveniente, que de su perfecta educación y armonía interior.
El hecho es que está por completo en nuestra mano el adquirir un total y permanente dominio de nuestros estados de conciencia y, por consiguiente de nuestras actitudes. Y al decir dominio, no nos referimos, como se entiende siempre a esta palabra, a una inhibición o supresión de algún rasgo caracterológico, sino a su verdadero significado de manejo completo a voluntad de una función, tanto en sentido activo como pasivo, tanto en el sentido de hacer como en el de no hacer. Podemos llevar las riendas de nuestra personalidad, podemos llegar a ser los autores de nuestros actos y estados en vez de ser sólo los ejecutores. Pero para esto es preciso someterse a un adiestramiento activo para descubrir nuestras verdaderas capacidades y para aprender a ejercitarlas. La inercia de nuestra actitud habitual exige ya un verdadero esfuerzo de la mente para llegar a descubrir que no estamos del todo despiertos y comprender que podemos mejorar ampliamente la calidad de nuestro rendimiento psicológico. Son muchos los directores de empresas y jefes de personal que buscan en la Psicología normas y consejos prácticos para hacer que aumente el rendimiento de los demás, de los que tienen a sus órdenes, y no se dan cuenta de que precisamente quienes más podrían beneficiarse de estos conocimientos son ellos mismos, si una exagerada sobreestimación no les cegara incapacitándolos para reconocer sus propias limitaciones.
Todos recordamos seguramente haber tenido días en los que nuestro estado de ánimo y nuestra actitud han sido óptimos. Días en que nos hemos sentido eufóricos, alegres, expansivos, dinámicos y seguros, dispuestos a emprender con mayor optimismo y decisión que de costumbre cualquier nueva tarea que se nos presentase.
Todo cuanto se hace con este estado de ánimo se traduce en experiencias positivas, puesto que todo son expresiones afirmativas de cuanto mejor hay en nosotros. Y reconocemos de tal modo la positividad de esta disposición, que a menudo nos lamentamos de no poder estar siempre de la misma manera. Y es que, en efecto, mientras dura este estado, todas nuestras facultades -perceptivas y expresivas - están trabajando con el verdadero rendimiento de que son capaces, están expresando más su verdad. Cuando estamos así, somos más nosotros mismos.
Pues bien, las experiencias de esta estado de positividad son parte integrante de nuestra estructura psíquica, están registradas en nuestro interior, del mismo modo que lo están las experiencias negativas. Y porque están presente en nuestro interior con toda su fuerza y vigor, podemos evocarlas a voluntad, actualizarlas en el primer plano de nuestra conciencia y llegar a mantenerlas presentes de modo permanente. Aprenderemos así a convertir en estado habitual y deliberado lo que antes era sólo esporádico y producto de circunstancias no controlables por nosotros.
Esta actitud positiva será causa a su vez de constantes experiencias positivas que irán reforzando nuestra personalidad en este sentido hasta que podrá mantenerse en el mismo tono sin necesidad ya de esfuerzo alguno. Hemos hecho referencia a las experiencias positivas concretas que cada cual ha vivido personalmente en vez de describir ninguna actitud ideal, porque, al fin y al cabo, éste es el modelo más vivo e inmediato que cada uno posee y le será mucho más fácil revivir lo que en realidad es ya suyo que no intentar adquirir del exterior algo completamente nuevo.
El modo, pues, de revivir la actitud positiva consiste esquemáticamente en lo siguiente:
1.º Evocación.- En actitud cómoda y con la mente tranquila, evocar el recuerdo de los momentos en los que se ha sentido el mejor estado de ánimo y la actitud más positiva. Procurar que el recuerdo sea lo más definido y vívido posible. Concentrar la atención, acto seguido, en la resonancia subjetiva, es decir, en la sensación, el sentimiento y la disposición interior de la experiencia evocada: volverlas a sentir con toda nitidez y mantenerlas presentes en la conciencia. Entonces se pasa inmediatamente a la actualización.
2.° Actualización.-Si el paso anterior ha sido bien dado, éste será fácil. Manteniendo en la conciencia el sentimiento vívido de la evocación, dígase con lentitud y reflexión: «Yo estoy sintiendo esto, esto está en mí, yo soy esto».
Como se ve, en este punto se trata de incorporar a la conciencia del yo el estado de referencia que en la primera fase, aunque estaba presente, permanecía aparte del yo. Cuando se consigue realizar bien este segundo tiempo, se notará una definida sensación de energía, acompañada muchas veces de un ligero escalofrío.
3.º Consolidación.-Consiste en el hecho de mantener el estado conseguido en los puntos anteriores durante el máximo de tiempo posible y en repetir todo el proceso cada vez que el estado tiende a desvanecerse en virtud de los hábitos mentales adquiridos, bajo la acción de algún estímulo negativo o por simple olvido.
La consolidación puede hacerse también convirtiendo los dos primeros puntos en ejercicio obligado durante .tres meses, por ejemplo, a base de dos sesiones diarias: por la mañana y por la tarde, quince minutos antes de marcharse a trabajar.
Por propia experiencia se comprobará que la actitud positiva comporta unos definidos gestos o disposiciones especiales en cada uno de los niveles de la personalidad. Por ejemplo, el cuerpo adopta una actitud erguida, sin ser rígida, como si el peso gravitara sobre la columna vertebral; en los estados negativos, en cambio, el cuerpo o está excesivamente tenso -estados de excitación- o tiende a doblarse hacia adelante -estados de inhibición-. La mente está activa, suelta y abierta, en oposición a los estados negativos en los que está hiperactiva, tensa y cerrada. La afectividad, en un tono positivo e irradiante de buena voluntad, optimismo y seguridad, en contraste con la actitud centrípeta, desconfiada y susceptible de los estados negativos.
La reeducación de la actitud positiva prestará inapreciables servicios al sujeto en todo momento, pero muy especialmente en los períodos de crisis y dificultades de la clase que sean. Ya hablaremos de ello más adelante al hablar de las técnicas de tranquilización.

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Re: IMPORTANCIA DE LA VIDA AFECTIVA EN LAS MOTIVACIONES

Mensaje  Clyo el Lun Jun 23, 2008 12:23 am

REQUISITOS DE LA AUTOSUGESTIÓN.- La autosugestión puede producir con toda certeza este condicionamiento positivo y profundo de la personalidad, pero sólo a condición de que esté bien hecha. Que nadie se haga falsas ilusiones creyendo que mediante la sugestión podrá transformarse en un abrir y cerrar de ojos. La autosugestión como toda técnica de acción profunda, es laboriosa. Exige un largo aprendizaje de la técnica y una decisión perseverante a toda prueba. Al igual que las demás técnicas mayores, requiere que, literalmente, uno ponga en ella toda el alma, esto es, que invierta en ella todo su talento, todo su deseo, interés, entusiasmo, energía y perseverancia. Porque solamente con la concurrencia de todos estos factores podrá atravesar la barrera de las resistencias interiores y conseguir que las ideas-semilla lleguen a depositarse en lo más profundo del inconsciente, condición ésta indispensable para su acción neutralizadora.
Los requisitos esenciales que ha de reunir la práctica correcta de la autosugestión o del autocondicionamiento podemos resumirlos en los puntos siguientes:

a) Ha de basarse estrictamente en la verdad positiva. Eso significa que la idea que utilizamos para implantarla en el subconsciente ha de reflejar un aspecto positivo de nuestra realidad: energía, afecto, tranquilidad, iniciativa, etc. Hay que evitar la forma negativa puesto que el inconsciente responde más al sustantivo que al adverbio. Si por ejemplo utilizara la frase «no quiero tener miedo», en el inconsciente se evocaría más fácilmente la emoción del miedo -que precisamente se trata de superar- que la idea de negación significada en las palabras «no quiero...».
Pero además hay que procurar que en la formulación de la idea no haya ninguna contradicción con la experiencia real. Por ejemplo, si yo digo «soy valeroso y decidido» pero mi experiencia me dice que en la actualidad yo no soy nada de eso, aunque las palabras utilizadas tendrían utilidad para el inconsciente, la mente consciente en cambio protestaría por la mentira implicada en la frase y esto podría actuar como contrasugestión. En cambio, si digo «me gustaría ser valeroso y decidido» o «quiero llegar a ser valeroso y decidido», el inconsciente recibe el mismo mensaje y la mente lógica no puede protestar ya que esto está de acuerdo con la realidad.

b) La idea ha de referirse a una cualidad básica. Aunque la autosugestión puede hacerse con cualquier clase de cualidades, es preferible trabajar con una cualidad fundamental, por dos razones: porque al conseguir la cualidad básica obtenemos al mismo tiempo las que de ella se derivan, y porque las cualidades básicas despiertan una resonancia más profunda y más estable, pudiéndose trabajar con mayor efectividad.

c) La idea ha de formularse de un modo simple y claro. Si puede resumirse en dos palabras, no hay que utilizar tres o cuatro. Cuanto más concisión y precisión en la idea utilizada, mayor poder incisivo tendrá. Es necesario que la idea se complemente con la representación mental o imaginación, lo más clara posible, de la forma concreta con que el sujeto se comportaría si tuviera ya incorporada tal calidad.

d) Se ha de trabajar con la misma idea durante un tiempo mínimo de tres meses. El efecto del condicionamiento se refuerza con la repetición. Si se trabajara con dos o más ideas, la eficacia quedaría evidentemente repartida entre todas ellas. El machacar sobre el mismo clavo acelera su penetración. Y esto se ha de respetar de tal modo, que incluso las palabras que se utilizan para expresar la idea a sugerir han de conservarse las mismas durante este tiempo mínimo de tres meses, resistiendo toda tendencia al cambio.

e) La idea sugerida ha de ir acompañada de la resonancia afectiva que aquélla evoca. Este es uno de los requisitos más importantes. La mente consciente, en su actividad normal y por mucho que se esfuerce, no puede penetrar hasta el inconsciente por impedirlo la barrera de las resistencias del sistema de control y censura. Pero una de las formas relativamente fáciles de conseguir esta penetración de una idea hasta el fondo consiste en asociarla a una sensación, a un sentimiento o a un impulso que, como sabemos, siempre surgen de nuestros estratos profundos.
Cuando queremos actualizar en nosotros una cualidad básica, por ejemplo la energía del carácter, la simple idea de esta cualidad despierta en nuestro interior una especial sensación y un sentimiento eufórico de energía. Pues bien, es preciso abrirse a tales resonancias afectivas y aprender a sentirlas más y más. Y al mismo tiempo que se formula la idea quiero tener más energía de carácter una y otra vez, sentir esta resonancia del modo más profundo posible.

f) La representación mental junto con la resonancia afectiva, han de mantenerse vivas durante el máximo tiempo posible. Porque el poder de penetración de la idea aumenta proporcionalmente al tiempo que se consigue mantener la mente en la misma dirección. Y este aumento de penetración no es del orden de una progresión aritmética, sino que más bien parece ser el de una progresión geométrica.
Otros requisitos menos importantes son: la frecuente repetición de las sesiones de autocondicionamiento: por lo menos dos sesiones de 10 minutos al día, y la conveniencia, sobre todo al principio, de repetir la idea en voz alta, aunque no necesariamente fuerte, y con lentitud, para facilitar la claridad de la representación y la evocación del sentimiento.
Las condiciones materiales de esta práctica consisten tan sólo en sentarse cómodamente, pero procurando que la espalda y la cabeza se mantengan en línea recta, y cerrar los ojos. Es conveniente un estado de tranquilidad mental, emotiva y física, aunque evitando el caer en un amodorramiento. Por el contrario, la mente ha de conservarse en todo momento perfectamente lúcida. Quien haya practicado las primeras fases de la relajación general consciente conseguirá el estado ideal sin ningún esfuerzo. Una vez en esta disposición el ejercicio consiste simplemente en ir repitiendo la frase elegida, de acuerdo con todos los requisitos indicados.
Cada cual ha de buscar personalmente cuál es la cualidad más importante que le conviene actualizar en su caso particular. Y una vez encontrada esta cualidad, buscar las palabras concretas que mejor expresan esta cualidad tal como él la concibe. Pero recuérdese que una vez escogida la frase no la ha de modificar, ni aún en el caso de que después crea que le iría mejor otra.
Sólo a título de sugerencia, damos a continuación algunos ejemplos de frases que pueden servir como ideas-semilla para la práctica de autocondicionamiento.

- Quiero tener más alegría y optimismo.
- Deseo sentirme más sólido y seguro.
- Cada vez quiero sentirme más decidido.
- Quiero ser más amable y comprensivo.
- Deseo sentir auténtico interés por los demás.
- Quiero ser más sincero.
- Conseguiré abrirme más al amor.
- Deseo estar siempre tranquilo y atento.
- Quiero que mi mente trabaje bien y más deprisa.
- Yo soy energía.
- Dios es amor desde el fondo de mi corazón.
- Dios es poder desde el fondo de mi ser.

Otras aplicaciones del autocondicionamiento. Ya que estamos estudiando este tema, podemos señalar, incidentalmente, que también puede aplicarse el autocondicionamiento a cualquier situación concreta que uno quiera afrontar con una actitud predeterminada. Por ejemplo, si usted ha de tener una entrevista realmente muy difícil o muy importante, en la que teme no poder actuar con al aplomo y la tranquilidad que tanto le convendrían, entonces puede usted condicionarse previamente para que llegado el momento actúe de modo automático en la forma deseada.
Para ello, cuatro o cinco días antes de la entrevista empiece a practicar el ejercicio siguiente:
Por la noche, cuando ya esté en la cama, visualice o imagine del modo más preciso que pueda, a la persona con quien se ha de entrevistar. Imagínesela con toda claridad gesticulando y hablando tal como si la tuviera delante. Ahora evoque usted en su interior la actitud y el estado de ánimo que más le gustaría tener en el momento de la entrevista. Procure sentir ese estado de seguridad, aplomo y optimismo del modo más vívido posible. Y manteniendo ese mismo estado, véase a sí mismo hablando con su interlocutor. Asocie el estado eufórico con su sensación de estar hablando cara a cara con él. Es preciso que la vivencia sea intensa y sostenida, y también que la imagen de la situación sea clara y real.
Si no puede evocar fácilmente el estado positivo, olvide por completo de momento el personaje en cuestión y busque en sus recuerdos alguna ocasión en que haya tenido tal estado de ánimo de modo particularmente intenso. Dedíquese el tiempo que sea necesario para centrarse en este recuerdo y en la vivencia correspondiente. Una vez lo haya conseguido, procurando mantener la misma vivencia de satisfacción imagínese hablando con la persona de referencia.
Como se ve, se trata de asociar -por el simple hecho de mantenerlos juntos - el sentimiento y la actitud positiva con la imagen concreta de la situación. Esto hay que repetirlo a diario durante cuatro o cinco días. Cuando se encuentre después en la situación real, comprobará que sin el menor esfuerzo y sin necesidad de proponérselo, se encontrará actuando y reaccionando con la actitud eufórica para la que se ha condicionado.
De forma parecida podrá condicionarse para producir en usted en el momento que lo desee cualquier actitud y estado de ánimo que usted mismo haya previamente elegido. Desde el simple hecho de despertarse a voluntad a una hora prefijada, hasta el estado permanente de la más alta elevación interior que uno sea capaz de desear, puede conseguirse con absoluta seguridad, si se trabaja suficientemente en ello. El autocondicionamiento es, pues, la técnica que nos permite llegar a ser los dueños absolutos de nuestros estados internos

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